En una casa de
la calle Papinea, vivía un personaje muy conocido en Irun en los años
cuarenta.
Se apellidaba
Escalera y era vendedor callejero de maní, el cacahuete que debidamente
torrefactado complementaba de algún modo la alimentación de los iruneses, o
les servía de agradable y sustancioso entretenimiento nutritivo.

'¡Cacahué
torrao!', voceaba en un tono discreto, podando las últimas sílabas de la
mercancía a vender, era su lema sonoro casi fijo. Su figura se hacía
familiar en aquellos anocheceres iruneses en los aledaños de la vieja plaza
irunesa.
Tenía
un pequeño obrador en la casa en que vivía y servía su mercancía a la caída
de la tarde, por los alrededores de la plaza de Urdanibia. Con su boina en
pico muy agudo, un rostro afilado casi en paralelo con la visera de su
boina, con su cesta de mimbre al brazo portando su mercancía y un vaso
metálico que lo utilizaba como medida para ponerla en manos de los
compradores.
Habiendo sufrido, como la mayoría, los azotes de la guerra, realizaba su
cometido con esmero y dedicación y el género que ponía en manos de sus
clientes, el cacahuete horneado con pericia hasta alcanzar el tono dorado
que lo hacía agradablemente crujiente, demostraba que sabía ganarse la vida
y que el oficio que ejercía, seguramente obligado por las circunstancias,
sabía hacerlo con dignidad.
De un artículo
de Nicolás Aguirre, publicado en DV en mayo de 2008 |